1999 · Dedicación de la capilla Redemptoris Mater
Una capilla del Vaticano reunió en mosaicos Oriente y Occidente
La capilla Redemptoris Mater se encuentra dentro del Palacio Apostólico del Vaticano. Juan Pablo II inauguró y dedicó su altar renovado el 14 de noviembre de 1999, después de un proyecto de mosaicos iniciado en los años anteriores.
Las imágenes recorren episodios de la historia de la salvación y utilizan recursos de la tradición cristiana oriental y occidental. El Papa habló de una Iglesia capaz de respirar con dos pulmones: una imagen que empleaba para expresar el valor de las tradiciones de Oriente y Occidente, separadas en distintos momentos de la historia.
La dedicación no resolvió disputas teológicas ni restauró la unidad entre Iglesias. Dio forma visible a una aspiración mediante arte, símbolos y liturgia. El interés del día está en que una pequeña capilla pontificia se convirtió en un lenguaje visual para una conversación de siglos.
Los mosaicos de la capilla tienen una historia artística específica y también una recepción posterior compleja. Para narrar el acontecimiento de 1999 basta con distinguir la ceremonia de dedicación de las controversias surgidas años después sobre algunas personas vinculadas al proyecto. El dato central permanece: Juan Pablo II quiso que la capilla expresara la riqueza de las tradiciones orientales y occidentales. La homilía ofrece la interpretación que él mismo dio a las imágenes, de modo que no necesitamos inventar significados para cada figura representada.
La capilla está dentro del Palacio Apostólico y no es uno de los grandes espacios turísticos de Roma. Su restauración comenzó en 1996, cuando se celebró el cincuentenario de la ordenación sacerdotal de Juan Pablo II. Los cardenales habían querido ofrecerle un regalo; el Papa decidió convertir aquel gesto en una obra destinada a la oración y a la liturgia.
El proyecto recurrió a mosaicos, una técnica artística especialmente asociada con muchas iglesias orientales. El programa visual reunía episodios de la historia de la salvación, la imagen de María como Madre del Redentor y la visión de la Jerusalén celestial del Apocalipsis. Esta última no es una descripción arquitectónica de una ciudad terrestre, sino una imagen bíblica de la plenitud de la vida con Dios.
Juan Pablo II consagró el altar e inauguró la capilla renovada el domingo 14 de noviembre de 1999. En su homilía explicó por qué había querido reunir elementos orientales y occidentales: ambas tradiciones podían intercambiar sus dones sin convertirse en copias una de otra. Habló de una teología que respira con dos pulmones, una expresión que utilizaba para insistir en el valor de Oriente y Occidente dentro de la memoria cristiana.
Las Iglesias católica y ortodoxas habían vivido siglos de separación y estaban desarrollando nuevos contactos, pero la unidad plena seguía pendiente. Un mosaico no podía resolver controversias doctrinales ni sustituir el diálogo entre sus responsables. Podía, sin embargo, mostrar visualmente que aquellas tradiciones compartían un patrimonio de imágenes, textos y símbolos mucho más amplio que sus desacuerdos.
La documentación litúrgica del Vaticano describió la capilla como un regalo al pueblo de Dios. Esa formulación permite comprender la escena: una obra ofrecida inicialmente al Papa terminó destinada a la oración de una comunidad más amplia. A pocas semanas del año 2000, una pequeña capilla dentro del Vaticano se convirtió en una declaración artística sobre la unidad cristiana todavía buscada.
