2001 · Encuentro con peregrinos de las beatificaciones
Ocho nuevos beatos reunieron peregrinos de distintos países en Roma
El encuentro ocurrió al día siguiente de la beatificación de ocho personas. Entre los nuevos beatos había figuras de comunidades de Europa oriental que habían sufrido persecución bajo regímenes comunistas. La audiencia permitió que los peregrinos escucharan al Papa hablar de vidas que durante años habían sido recordadas sobre todo en sus lugares de origen.
Una beatificación es un reconocimiento eclesial de santidad que permite un culto público en las condiciones previstas por la Iglesia; no equivale todavía a la canonización. La ceremonia y la audiencia posterior muestran que una misma celebración puede reunir historias muy distintas sin que todas pertenezcan al mismo país ni hayan vivido la misma experiencia.
El interés del 5 de noviembre está en el regreso público de memorias que habían atravesado silencios políticos. No hace falta inventar escenas de cárcel para explicar ese peso: el propio discurso pontificio permite identificar nombres, comunidades y el motivo concreto del encuentro.
La lista de ocho personas permite hablar de formas distintas de santidad: ministros religiosos, miembros de comunidades y testigos de periodos de violencia. Pero la homilía del 4 de noviembre y el encuentro del día 5 cumplen funciones diferentes. La primera contiene el rito de beatificación; el segundo se dirige a quienes viajaron para acompañarlo. Mantener esa distinción evita atribuir al lunes lo que ocurrió el domingo. La fecha elegida para esta efeméride es la audiencia del 5 de noviembre, no la proclamación misma.
La audiencia tenía una razón precisa. El día anterior, 4 de noviembre, Juan Pablo II había beatificado a ocho personas; el lunes 5 recibió a peregrinos que habían viajado a Roma para acompañar aquella celebración. El discurso oficial distingue claramente las dos fechas. El reconocimiento eclesial había ocurrido el domingo; el encuentro del lunes permitió poner nombres y contextos a vidas que no podían resumirse en una única historia.
Entre los peregrinos estaban los llegados de Eslovaquia para recordar a Pavel Peter Gojdič y Metodio Dominik Trčka. Ambos habían sufrido bajo el régimen comunista. Gojdič, obispo greco-católico, fue encarcelado después de que las autoridades prohibieran su Iglesia; Trčka también sufrió prisión y murió a causa de las condiciones de reclusión. «Greco-católico» designa una Iglesia católica oriental que conserva su propia tradición litúrgica y está en comunión con Roma.
El Papa se dirigió también a italianos, portugueses y españoles. Mencionó a Giovanni Antonio Farina, obispo comprometido con la educación y la asistencia; a Paolo Manna, dedicado a las misiones; a Luigi Tezza y Gaetana Sterni, vinculados al servicio de los enfermos y necesitados; al dominico Bartolomé de los Mártires, reformador de la formación del clero; y a María Pilar Izquierdo, cuya obra se extendió más allá de España. No compartían una sola profesión, un solo país ni una sola época.
El contraste más interesante estaba entre aquellas biografías. Unos habían enfrentado cárceles políticas; otros habían fundado comunidades o promovido escuelas y hospitales. La beatificación no borraba esas diferencias. Era una decisión eclesial que reconocía públicamente la santidad de personas cuyas trayectorias debían entenderse en sus propios contextos.
El 5 de noviembre no fue el día de la beatificación, sino el encuentro posterior con quienes habían viajado para celebrarla. Esa diferencia permite ver algo que suele quedar fuera de las grandes ceremonias: detrás de cada nombre reconocido públicamente hay comunidades que conservaron su memoria durante años. Aquella audiencia reunió esas historias en Roma sin borrar sus lugares de origen.
