1870 · Muerte de san Antonio María Claret
Había sido arzobispo, confesor de una reina y fundador. Terminó sus días refugiado en un monasterio francés
Antonio María Claret había tenido una vida extraordinariamente pública.
Había sido misionero popular, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María —los claretianos—, arzobispo de Santiago de Cuba y confesor de la reina Isabel II de España.
También había sobrevivido a un atentado.
En Cuba, un agresor lo hirió gravemente en el rostro con un arma blanca.
Pero el final de su vida no ocurrió rodeado de honores.
La revolución española de 1868 expulsó del trono a Isabel II. Claret salió también de España y pasó sus últimos años entre Francia y Roma.
Todavía participó en el Concilio Vaticano I, inaugurado en 1869.
Después su salud se deterioró.
Regresó a Francia y se refugió en la abadía cisterciense de Fontfroide.
No era simplemente un retiro tranquilo.
Existían gestiones para detenerlo y llevarlo de vuelta a España, donde sus vínculos con la monarquía y su actividad pública lo habían convertido en una figura políticamente incómoda.
En Fontfroide estaba enfermo y cada vez más débil.
Murió allí el 24 de octubre de 1870.
Tenía sesenta y dos años.
El contraste final es notable.
Había pasado por palacios, diócesis, misiones, viajes y concilios.
Había estado cerca de una reina y en el centro de controversias religiosas y políticas.
Y acabó sus días fuera de su país, protegido por una comunidad monástica.
Décadas después sus restos serían trasladados a Vic, en Cataluña.
En 1950 Pío XII lo canonizó.
Pero el 24 de octubre de 1870, el hombre que había pasado buena parte de su vida hablando ante multitudes murió lejos del ruido público que tantas veces lo había rodeado.