451 · Inicio del Concilio de Calcedonia
Cientos de obispos se reunieron para responder una pregunta que parecía imposible: ¿cómo puede Jesús ser Dios y hombre a la vez?
El 8 de octubre del año 451 comenzó en Calcedonia, frente a Constantinopla, una de las reuniones más importantes de la historia del cristianismo.
Participaron cientos de obispos.
La discusión que los había llevado hasta allí podía parecer filosófica, pero tocaba el centro mismo de la fe cristiana.
Los cristianos afirmaban que Jesús era verdaderamente Dios.
También afirmaban que había nacido, sufrido y muerto como un ser humano real.
¿Cómo podían sostener ambas cosas sin convertirlo en una mezcla extraña entre divinidad y humanidad? ¿Y cómo evitar el extremo contrario: hablar como si en Cristo hubiera prácticamente dos sujetos diferentes?
Las disputas llevaban años produciendo conflictos entre obispos, monjes, teólogos y autoridades imperiales. No eran discusiones tranquilas de biblioteca. En el mundo cristiano del siglo V, una controversia doctrinal podía alterar ciudades enteras y tenía consecuencias religiosas y políticas.
Calcedonia intentó formular una respuesta.
El Concilio confesó a Cristo como una sola persona en dos naturalezas, divina y humana, sin confusión ni cambio, pero también sin división ni separación.
La precisión de esas palabras era deliberada.
Cada una cerraba una puerta.
Si se mezclaban las naturalezas, se corría el riesgo de perder la humanidad real de Jesús. Si se separaban demasiado, parecía que se estaba hablando de dos Cristos.
El Concilio no consiguió que todo el mundo aceptara su fórmula. Algunas Iglesias orientales rechazaron Calcedonia, y las consecuencias de aquellas divisiones llegan, de distintas maneras, hasta el presente.
Eso hace que el 8 de octubre de 451 no sea simplemente la fecha de una antigua reunión eclesiástica.
Fue el comienzo de un intento extraordinariamente ambicioso: utilizar palabras humanas con la suficiente precisión como para expresar algo que los propios participantes consideraban un misterio.
Y descubrir que, a veces, una palabra teológica puede separar comunidades durante siglos.