1999 · Juan Pablo II nombra tres copatronas de Europa
Europa ya tenía tres patronos. Juan Pablo II decidió que faltaban mujeres
Europa ya tenía tres santos patronos: Benito de Nursia, Cirilo y Metodio. Los tres eran hombres.
El 1 de octubre de 1999, Juan Pablo II añadió otros tres nombres. Esta vez eligió deliberadamente a tres mujeres: Brígida de Suecia, Catalina de Siena y Teresa Benedicta de la Cruz, más conocida como Edith Stein.
No era simplemente una ampliación de la lista.
El Papa estaba a punto de entrar en el año 2000 y llevaba tiempo hablando de Europa como algo más que una geografía o un mercado común. Para él, el continente tenía también una memoria espiritual que podía leerse a través de vidas muy distintas.
Brígida había nacido en Suecia en el siglo XIV. Fue esposa, madre de ocho hijos, mística y fundadora de una orden religiosa. Catalina de Siena, hija de un tintorero, vivió apenas treinta y tres años, pero terminó escribiendo a papas y gobernantes en medio de una de las épocas más turbulentas de la Iglesia medieval.
La tercera elección llevaba la historia directamente al siglo XX.
Edith Stein había nacido en 1891 en una familia judía alemana. Fue filósofa, discípula de Edmund Husserl y una de las mujeres que intentaban abrirse paso en un mundo universitario todavía profundamente masculino. Tras años alejada de la práctica religiosa, se convirtió al catolicismo y entró en el Carmelo con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.
Nada de aquello hizo que las leyes raciales nazis dejaran de considerarla judía.
En 1942 fue detenida en los Países Bajos junto con su hermana Rosa. Ambas fueron deportadas a Auschwitz-Birkenau, donde Edith murió.
Cuando Juan Pablo II la convirtió en copatrona de Europa, no escondió ninguna de esas capas. Precisamente las puso juntas: sus raíces judías, su trabajo filosófico, su conversión, su vida carmelita y su muerte durante la Shoah.
También explicó por qué había elegido tres mujeres. Quería reconocer de forma explícita el papel femenino en la historia religiosa y civil europea.
Por eso el documento del 1 de octubre de 1999 es más interesante que una simple proclamación de patronos.
A las puertas de un nuevo milenio, un Papa estaba utilizando seis biografías —tres hombres y tres mujeres, de épocas y lugares muy distintos— para plantear una pregunta mucho mayor: qué era Europa y qué memoria quería llevar consigo hacia el futuro.