
Conmemoración colectiva
Santos Simón y Judas, apóstoles
Fueron dos de los Doce. Y, sin embargo, sabemos muy poco de ellos
Doce apóstoles no significa doce biografías
Los Evangelios nos permiten seguir de cerca a Pedro. Sabemos bastante de Juan. Tomás tiene escenas memorables. Mateo aparece en su llamada. Y después están nombres como Simón y Judas. Los dos figuran entre los Doce elegidos por Jesús. Eso es seguro. Aparecen en las listas apostólicas del Nuevo Testamento y la Iglesia los ha conservado en su memoria litúrgica. Pero los Evangelios no intentaron escribir doce biografías completas. De Simón y Judas sabemos sorprendentemente poco. En vez de rellenar el silencio con leyendas, su fiesta permite hacer algo más interesante: mirar con cuidado qué dicen realmente las fuentes y dónde empieza la tradición posterior.
Simón “el Zelota”: una palabra que puede engañarnos
Simón necesita un sobrenombre porque había otro Simón mucho más conocido en el grupo: Simón Pedro. Mateo y Marcos lo llaman “Cananeo”; Lucas lo llama “Zelota”. A primera vista podría parecer que las fuentes se contradicen o que “Cananeo” significa simplemente que procedía de Caná. Benedicto XVI explica que los dos términos pueden apuntar a la misma idea de celo o ardor. ¿Significa eso que Simón perteneció al movimiento político revolucionario de los zelotas que combatió a Roma? No podemos afirmarlo con seguridad. El término podía expresar simplemente celo religioso, y el movimiento político organizado que conocemos por la historia judía plantea además problemas cronológicos si se proyecta sin más sobre la época del ministerio de Jesús. Así que “Simón el Zelota” es un nombre real del Nuevo Testamento, pero no una licencia para inventarle una biografía de guerrillero.

El problema de llamarse Judas
El segundo apóstol comparte nombre con el hombre que entregó a Jesús. Por eso las fuentes se esfuerzan en distinguirlo. La tradición lo conoce como Judas Tadeo. En las listas del Nuevo Testamento aparecen variaciones de nombre y parentesco, pero el punto esencial es sencillo: este Judas no es Judas Iscariote. El Evangelio de Juan incluso lo aclara antes de darle una de las poquísimas frases individuales que conservamos de él: “Judas, no el Iscariote”. Durante la Última Cena pregunta a Jesús por qué se manifestará a sus discípulos y no al mundo. Jesús responde hablando del amor, de guardar su palabra y de la presencia de Dios en quien lo ama. Es un momento pequeño. Precisamente por eso importa: entre tantas tradiciones posteriores, aquí podemos escuchar al Judas apostólico dentro del propio texto evangélico.
¿Y la Carta de Judas?
El Nuevo Testamento contiene una breve carta que lleva el nombre de Judas. La tradición cristiana la ha relacionado con Judas Tadeo, pero la autoría de los textos antiguos exige más prudencia que simplemente leer el nombre de la portada. Benedicto XVI, al hablar de este apóstol, utiliza una formulación cuidadosa: el canon conserva una carta “atribuida” a Judas Tadeo. Eso es lo que diremos. No hace falta resolver en un artículo litúrgico un debate académico sobre autoría. Basta con que el lector entienda la diferencia entre una atribución tradicional y una identificación históricamente demostrada.
Después de Pentecostés, la historia se vuelve borrosa
Las tradiciones posteriores enviaron a Simón y Judas a distintos lugares de misión. Algunas los reúnen en Persia y cuentan que allí fueron martirizados. Esas historias explican en parte por qué la liturgia occidental terminó celebrándolos juntos y por qué la iconografía les asignó instrumentos de martirio. Pero las fuentes tempranas no nos permiten reconstruir sus viajes con la misma seguridad con la que podemos reconstruir, por ejemplo, partes de los viajes de Pablo. Decir “según la tradición” no empobrece la historia. La hace más honesta. También existe una antigua veneración conjunta de sus reliquias en Roma, en la basílica de San Pedro. La memoria compartida de ambos terminó siendo mucho más nítida que sus biografías individuales.
Lo poco que sabemos también dice algo
Puede resultar extraño que dos de los Doce hayan dejado tan poca huella biográfica. Pero el cristianismo primitivo no conservó información de manera uniforme. Sus textos nacieron para anunciar a Cristo, resolver problemas de comunidades y transmitir la fe, no para satisfacer todas las preguntas de un historiador moderno. Por eso la fiesta de Simón y Judas tiene algo particular. Sabemos que estuvieron entre los Doce. Sabemos los nombres con los que aparecen. De Judas conservamos una pregunta en el Evangelio de Juan. Después, la documentación se vuelve escasa y la tradición ocupa más espacio. No necesitamos inventar lo que falta. A veces conocer bien una historia significa también saber exactamente dónde termina lo que podemos demostrar.